El avistaje de algunos ejemplares de kakuy en zonas urbanas de Salta, despertó curiosidad y también ha revivido antiguas leyendas relacionadas con este animal conocido también con el nombre de “pájaro fantasma”. Y no es para menos, puesto que su grito es estremecedor y se asemeja al “lamento de un alma en pena”, según cuentan en el campo. En el día de ayer, la misma especie de ave apareció en el sur tucumano y causó la sorpresa de varios.
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El kakuy es un ave emblemática del noroeste argentino muy difícil de divisar, ya que su cuerpo posee un camuflaje perfecto que lo mimetiza con troncos o ramas hasta hacerlo desaparecer. Es un animalito solitario y nochero. Sus gemidos son muy parecidos a los de una persona, lo que originó innumerables leyendas.
Por sus características, la especie inspira cierto temor y es común que la gente del campo se santigüe al escuchar su canto. “Hay quienes lo consideran de mala suerte, sobre todo si canta cerca de las casas, pero nada más alejado de la realidad ya que es un ave muy beneficiosa para todo su entorno, que se alimenta de pequeños insectos”, contó Javier Arias, especialista en birdwatching.
De noche, cuando sale a cazar, se encienden sus ojos de amarillo intenso y revolotea velozmente en busca de sus presas, a las que suele sorprender con su gran velocidad y destreza.
Un día, cuando el chico volvía a su casita cansado y hambriento después de haber trabajado desde la mañana hasta el atardecer, ella volcó a propósito el único frasco de miel que tenían para comer. Fue entonces que, a la hora de la oración, tuvieron que salir al monte a buscar un panal. Extrañamente, ella lo acompañó.
Según la leyenda, al ver un panal en lo alto de un árbol, el chico le pidió a su hermana que al subir se cubriera la cabeza para evitar las picaduras de las abejas y ella, sin sospechar nada siguió sus consejos. Cuando llegaron a la copa, el muchacho fue bajando despacito y desgajando el tronco sin que ella se diera cuenta.
Al pasar el tiempo, la joven se quitó la manta de la cabeza y se dio cuenta que estaba completamente sola en la punta del árbol y que no tenía como bajar. Iba cayendo la tarde y el miedo se apoderó de ella y comenzó a gritarle a su hermano “Kakuy, turay”, que quiere decir algo así como “esperame hermano, no me dejes”, pero él no regresó jamás.
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A principios del año pasado, otro ejemplar fue registrado por la cámara de Alejandro Sandoval en la finca La Montaña, propiedad de la familia Oliver Kohler, ubicada en inmediaciones de la ruta 9/34 y del expeaje Aunor.